Valores naturales

Con la luz, con el aire, con Ios seres, vivir es convivir en compañía
Jorge Guillen

En la Cordillera Cantábrica se encuentran todavía ecosistemas que conservan buena parte de la complejidad ecológica original, previa a la modificación humana más acusada. La conservación de esos enclaves merece especial dedicación por incluir gran diversidad biológica, destacando especies y comunidades ausentes o raras en otras áreas.

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Matorral de arándanos y brezos.

La Cordillera Cantábrica se sitúa entre las regiones Eurosiberiana y Mediterránea. La amplia variación altitudinal y las influencias combinadas de ambientes oceánicos y continentales, han propiciado una vegetación y una fauna peculiares en el contexto de la Península Ibérica.

Entre los sistemas y hábitats naturales cabe citar algunas formaciones vegetales características: brezales y piornales, que incluyen especies propias de las montañas cantábricas o sureuropeas; también algunos tipos de bosques caducifolios como robledales, hayedos y abedulares, conjugados con especies tan singulares como tejos y acebos.

En el piso colino (valles y piedemonte) estas formaciones han desaparecido o están reducidas a la mínima expresión. En los pisos montano y subalpino todavía se conservan en un aceptable estado, a pesar de la explotación y transformación de baja intensidad, que modificó el paisaje a base de talas, fuego y pastoreo.oso_huellas_600px

A pesar de extinciones relativamente recientes (por ejemplo la cabra montés, el quebrantahuesos, y el lince euroasiático), la Cordillera Cantábrica conserva unas 18 especies de anfibios (incluyendo un endemismo, la salamandra rabilarga), 22 especies de reptiles, unas 190 de aves reproductoras y 67 de mamíferos; destacan entre estos el rebeco cantábrico, la liebre de piornal, o las 14 especies de carnívoros de las 16 presentes en la Península Ibérica.

Algunas especies caracterizan especialmente los ecosistemas en los que están presentes, pero es la trama formada por todas y cada una la que mantiene su integridad. Debemos adoptar estrategias de conservación que permitan garantizar el funcionamiento adecuado del conjunto. Por esta razón, especies con grandes requerimientos vitales como el oso pardo, muy interactivas como el águila real y el lobo, o relictas como el urogallo, serán quizás emblemas de conservación pero no objetivos únicos.